Auschwitz: 70 años después del Holocausto

Decía en uno de sus escritos el Marqués de Sade que la crueldad y la sevicia lejos de ser un vicio, es el primer sentimiento que la naturaleza imprime en nosotros los seres humanos, pero a su vez la educación, la cultura y el adiestramiento son eso que nos hace ser racionalmente bondadosos. Pero la crueldad no quedó del todo guardada en el baúl de la historia, y el recuerdo del suceso más cruel que asoló a Europa Oriental durante la Segunda Guerra Mundial se sigue alimentando hoy en día de leyendas, anécdotas, cintas cinematográficas y otras fábulas adolescentes.

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Antes que el reloj marcara las cuatro de la mañana y que saliera el alba, incluso antes que los fétidos y dulces hedores de los cuerpos incinerados se mezclara con la fría humedad del ambiente, comenzaba el día para cualquier prisionero aquí. Los estridentes sonidos del silbato de los oficiales anunciaban el inicio de otra eterna jornada y, para aquel que no obedeciera le esperaba una fría y congelada cámara de gas. Solo quedaba cumplir con una extensa jornada que sobrepasaba las once horas, incluido un pequeño descanso para la ingesta. Luego que acabara el día, para más de uno era un triunfo volver a su pequeña cama a descansar. La media de decesos al día en el campo era de veinte a treinta personas aproximadamente. En tanto, transcurría de nuevo la noche y volvía el alba a iluminar la famosa inscripción a la entrada del campo, “Arbeit Macht Frei” (El trabajo os hará libres). Esto era Auschwitz.

Buchenwald

Cada vez y más como hubiera espacio, se acercaban grandes camiones a los perímetros electrificados del campo cargados de nuevos huéspedes. La selección cruda se hacía de inmediato, cerca de unos treinta o cuarenta nuevos prisioneros, fuertes y jóvenes eran enviados a los barracones tras habérsele marcado en su pecho y su brazo su nuevo nombre que equivalía a una serie de dígitos totalmente nuevos para ellos. Los demás, enfermos, niños y ancianos eran llevados con una pasta de jabón mediana y una toalla tras un vil engaño, a las cámaras de gas.

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En la primavera de 1943 ingresó al campo de concentración de Auschwitz, Josef Mengele conocido como el “ángel de la muerte”. Este doctor oriundo de Baviera estaba más que obsesionado con la biología hereditaria y encontró su quimera para llevar a cabo sus experimentos. Según sus teorías, quería conseguir la fórmula de los partos múltiples, para exterminar los judíos, aumentar la natalidad en Alemania y repoblar Europa de arios puros.

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Una vez reclutados, a los niños gemelos se les permitía conservar su cabello y ropas originales; luego eran tatuados y se alojaban en un barracón exclusivo para los hermanos. La curiosidad científica de Mengele lo llevó a enceguecerse con su proyecto e intentar fabricar ojos azules inyectándole una serie de químicos en los ojos a sus pacientes, causándole varias infecciones o en algunos casos, la ceguera.

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Tras las paredes de Auschwitz se esconden éstas y muchas otras anécdotas, horrores y crónicas que sucumben ante un atroz recuerdo que por más que pasa el tiempo no se pueden olvidar, como la absurda evasión de Alfred Wetzler, prisionero número 29162 y Rudolf Vrba, prisionero número 44070, y como con su hazaña pudieron evitar la muerte de más de ciento veinticinco mil judíos oriundos de Hungría (el “salami húngaro” en la jerga de los oficiales nazis), fueran masacrados con los letales efectos del Zyklon B, un terrible pesticida a base de cianuro.

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Empezó por usarse en experimentos sobre niños gitanos en febrero de 1940 en Brno, luego en Buchenwald y finalmente sería uno de los elementos que usaría la Alemania nazi para exterminar a más de seiscientos prisioneros de guerra de la antigua Unión Soviética. Era la mejor maquinaria de exterminio para los nazis, además de ser barata y poco evidente, les resultaba mucho más rentable en su proceso ambicioso y genocida. Paradójicamente, el Zyklon B fue desarrollado casi dos décadas atrás por el nobel de química Fritz Haber, un judío alemán oriundo de Breslau.

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Ambos, Wetzler y Vrba planearon burlar el complejo sistema de seguridad del campo de concentración y huir para estar a salvo. Solamente tres personas habían logrado huir con vida de allí antes que ellos. Aunque eran oriundos de un pequeño pueblo en Eslovaquia, habían llegado a Auschwitz por razones diferentes. Rudolf Vrba fue capturado en el momento en que intentaba cruzar la frontera entre Hungría y Eslovaquia y fue trasladado al campo para trabajar como auxiliar en la clasificación de las pertenencias de quienes iban ingresando prisioneros, mientras que Alfred Wetzler era periodista y trabajaba en las oficinas administrativas del campo.

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La huida debía ser inminentemente perfecta, no podían fallar por ninguna razón. Si lo hacían y eran detenidos, eran ejecutados delante de todos los prisioneros en la horca antes del atardecer. El plan de Wetzler y Vrba consistía en sobrevivir a los tres días del protocolo de búsqueda para quién huía del campo. Entonces idearon un escondite bajo una gran pila de tablas y pedazos de madera destinada a la construcción de nuevos barracones para los nuevos invitados al “infierno”, como era conocido. El plan fue puesto en marcha en la víspera de la pascua de 1944 aprovechando la densa niebla para lograr escabullirse hasta su escondite. Para evitar que el olfato de los perros de guardia les delatara, impregnaron los tablones con gasolina. Wetzler y Vrba lograron supervivir los tres días para luego huir de las cercanías del campo y caminar por más de una semana.

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Luego de deambular ciento sesenta kilómetros durante once días, llegaron a Zilina, el lugar del que ambos habían sido desterrados por los soldados nazis en 1942. En tanto como se sintieron a salvo, se pusieron en contacto con el Consejo Judío, en donde declararon detalladamente las atrocidades cometidas, dibujando los planos de los barracones, los perímetros encercados y sumando las cifras de los asesinados allí. Ahora, el informe de treinta y tres páginas llamado “Protocolo de Auschwitz” declarado por los prófugos debía dar a conocer la noticia al mundo de las atrocidades de la Alemania nazi.

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Se prepararon tres informes, uno debía ser enviado a Palestina, lugar donde nunca llegó y que al parecer fue interceptado por espías nazis; el segundo se entregó a un rabino en Suiza, quién luego de leerlo lo envío directo a Londres para que fuera reenviado a Washington. El tercer informe estaba preparado para enviarse al Vaticano; llegó luego de seis meses a manos del nuncio papal. Empezaba así el comienzo del final de la barbarie nazi. Para septiembre de 1944, bombareros del ejército de los EE.UU. atacaron la fábrica de Buna Werke, destruyéndola completamente.

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En enero de 1945, las tropas de la Unión Soviética emprendieron su ofensiva cercando los alemanes por el mar Báltico y los montes Cárpatos. Al verse bloqueado el ejército nazi, evacuó Auschwitz el 17 de enero, emprendiendo una larga caminata al Oeste, en Loslau. Antes del atardecer del 27 de enero, los soldados del Ejército Rojo entraron a Auschwitz, donde liberaron a más de mil doscientos cincuenta en Auschwitz I, cerca de cinco mil novescientos en Birkenau y setescientos en Auschwitz Buna-Monowitz.

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De lo que fue de la suerte de estos dos héroes es muy poco lo que se sabe. Rudolf Vrba tras acabar la guerra, se dedicó a estudiar química en la Universidad de Praga y luego inmigró en la década del setenta a Canadá, donde fue profesor en Columbia. Falleció en 2006. De Alfred Wetzler se sabe que vivió en Eslovaquia hasta 1988, año de su muerte en el que no se le ofreció ningún honor ni obituario fúnebre. Hoy, luego de setenta años de liberación, se siguen recordando a las víctimas de uno de los acontecimientos más crueles y brutales jamás cometidos en la historia reciente.

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