La carcajada silente que el pueblo no olvida: 16 años sin Jaime Garzón

Hace ya dieciséis años, exactamente el 13 de agosto de 1999 cerca de las cinco y treinta minutos de la mañana, a dos sicarios de la banda criminal La Terraza que transitaban motorizados por el barrio Quinta Paredes ubicado al noroccidente del centro histórico de la capital y en cercanías a las instalaciones de la emisora RadioNet, les bastó usar solo cinco tiros de metralla para apagar la voz de uno de los periodistas más osados, brillantes y queridos que ha tenido este país que para Octubre de ese año estaba próximo a cumplir los 39 años.

Para aquel entonces, yo apenas estaba cerca de los diez años de edad y desentendía como muchos la realidad del país en que me había tocado nacer. Recuerdo poco, aunque ese día los medios de comunicación hablaron más de la cuenta como les es costumbre y le brindaron un cubrimiento especial al recién muerto que terminó por agotar la paciencia con la que mis abuelos veían televisión en el único aparato que había entonces en la casa. Hablaban de una triste pérdida para el periodismo, había lágrimas por doquiera y un luto que se sentía en el aire, pero yo desconocía de quién se trataba.

La única respuesta que me daban ellos era que lo habían asesinado por tener una costumbre pragmática poco usual en el país: decir la verdad. Y es que, ¿para qué nos educan desde niños a decir la verdad en un país donde no se puede? Ese paradigma  es el que sostiene hoy una funesta historia sobre la que se ha forjado una generación que no está perdida, que tiene los pies en la tierra y que no le entrega su ‘patria’ a la impunidad, esa misma generación a la que al igual que usted, pertenezco. Tan pronto como empecé a tener acceso a libros y medios que narraban de su satírica obra y de ese particular deseo suyo de querer morir de manera singular, me interesé por este personaje que entonces resultaba desconocido, así como saber sobre esos mismos que lo habían asesinado cobardemente frente a su lugar de trabajo a tempranas horas del amanecer.

Jaime Hernando Garzón Forero empezó su aguda y ascendente popularidad en la televisión colombiana como humorista político a comienzos de la década de los años noventa presentando programas como “Zoociedad”, “¡Quac!, El Noticiero” y encarnando personajes la cocinera Dioselina Tibaná, el abogado ultraconservador Godofredo Cínico Caspa y quizás el más querido y recordado embolador, Heriberto De La Calle. Pero antes de enfocarse en su carrera como periodista y humorista, Garzón ya había trabajado en algunos proyectos políticos como la preparación de la Asamblea Constituyente de 1991 coordinada junto al entonces presidente César Gaviria, de quien también fue asesor de comunicaciones y traductor de la naciente Carta Política a las lenguas indígenas, así como asesor y colaborador en la campaña a la alcaldía de Bogotá del entonces candidato Andrés Pastrana, para luego lanzarse él como candidato a la alcaldía menor de Sumapaz.

Es gracias entonces a esta fraterna cercanía con notables personalidades del mundo político del país que pronto se convertiría en una de las piezas clave para la mediación entre los procesos de paz y de liberación de secuestrados por parte de las FARC. Para enero de 1988 fue testigo directo del secuestro de Andrés Pastrana por parte del Cartel de Medellín como pretexto único de chantajear al gobierno de Virgilio Barco sobre la extradición del capo Pablo Escobar, a lo que Garzón les alegó que se lo llevaran a él también pues era el jefe de las giras de Pastrana. Irónicamente, el día de su asesinato iba a ser resarcido e indemnizado por un agravio que se originó en 1989, momento en que el secretario de gobierno de Bogotá firmó su destitución como alcalde menor de Sumapaz, hecho al que Garzón denunció a la administración y la justicia dio fallo en su favor, ocho años después.

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Fue durante su estadía en la Casa de Nariño donde emprendería su corta carrera como humorista político; para 1990, la productora Cinevisión le abrió las puertas para así realizar su primer programa de televisión al que llamó Zoociedad y que en 1992, pasaría a producir Inravisión. En el programa, el recordado personaje de Émerson de Francisco oficiaba temas como la inseguridad nacional así como los conflictos y la declarada narcoguerra hecha por Escobar y el Cartel de Medellín al gobierno nacional, estaban a la orden del día. Su carrera alcanzaría tan altos niveles de sintonía entre los televidentes que en 1995 y junto a Diego León Hoyos, trabajaría en el proyecto de un nuevo magazín producido por R.T.I., “¡Quac!, El noticiero”.

Aquí su versatilidad y talento se afianzaba cada vez más con los personajes que interpretaba como el reportero William Garra, la muchacha Inti de la Hoz y el izquierdoso Compañero John Lenín. Su ácido humor así como la sátira política le destacaron rápidamente mientras el país se hundía en una terrible crisis, producto del escandaloso Proceso 8000. El programa sería clausurado y cerrado en 1997, momento en que sería contratado para Lechuza, que sería su último programa producido de Caracol Televisión junto al noticiero CM& y que transmitía en los 850 Khz de RadioNet, dirigidos por el periodista Yamid Amat. En este, se inmortalizaría con Heriberto De La Calle, un particular y locuaz lustrabotas que mientras hacía su trabajo entrevistaba a grandes personalidades no solo del campo político, sino del espectáculo y de la actualidad.

Desde ese fatídico viernes en que se produjo su asesinato, los medios y el país entero tuvieron la plena certeza que tras de su homicidio, las huellas del paramilitarismo estaban presentes. Esa certeza hasta hoy no ha sido esclarecida por la justicia colombiana que paradójicamente, diesiéis años después sigue generando repudio y desconcierto así como también una búsqueda pendiente de los verdaderos responsables autores materiales e intelectuales del crimen. Y es que en dieciséis años y con tres presidencias a cuestas, el panorama nacional no ha cambiado lo suficiente.

Con la misma pesadumbre con la que cerró el siglo pasado, el país le dio la bienvenida a este nuevo llena de múltiples heridas y carcomido por el paramilitarismo, los escándalos y la corrupción. Para ejemplificar, los presuntos autores del asesinato de Garzón, señalados como alias El Bochas (capturado en 2000 por la Policía de Antioquia) y alias Toño (capturado en 2001 por la policía de Risaralda), fueron absueltos en el año 2004 tras pasar cerca de cuatro años y medio en la cárcel y que un juez resolviera dejarlos en libertad tras haber un supuesto montaje para incriminarlos y así poder desviar la investigación sobre el homicidio, mismo proceso que se cerró y se archivó en 2002.

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El único condenado oficialmente por este hecho fue el jefe paramilitar de las AUC Carlos Castaño, también sindicado de haber sido autor intelectual de asesinatos de otros activistas y reconocidos políticos de izquierda como Bernardo Jaramillo, Carlos Pizarro y Jaime Pardo, entre otros, así como el haber participado en las masacres de Mapiripán en 1997 y El Salado, en 2000. Condenado a treinta y ocho años de cárcel y a pagar una suma de 790 millones de pesos por el homicidio de Garzón, Castaño fue declarado como reo ausente en 2000 y jamás cumpliría su condena, tras ser asesinado en el año 2004 a manos de alias Monoleche, el escolta de su hermano.

Los años pasaron así como también, luego de ser archivado el proceso y que la justicia hubiera ignorado las peticiones de dejarlo abierto para posibles y futuros cotejos de pruebas, se manifestaron los primeros indicios de manipulación indiscriminada de la información así como también la desaparición de los testigos clave para el curso de la investigación. El ministerio público para el año 2000 cuestionó las declaraciones de una de las testigo clave en el momento preciso del asesinato de Garzón, la cual inspeccionaron detalladamente y luego sometieron a varios exámenes incluyendo uno de optometría. Misteriosamente la testigo identificada como María Teresa Arroyave Montoya, desapareció sin dejar huella.

En Mayo de 2008 el paramilitar desmovilizado de las AUC alias Don Berna, señaló a la banda criminal “La Terraza” como la autora material del homicidio, banda que estaba al mando de Castaño. Un mes después, alias El iguano declaró que el ex subdirector del DAS de ese momento, José Miguel Narváez instigó a Castaño para que asesinara a Garzón. Luego de ello, otras declaraciones de paramilitares desmovilizados como alias HH y alias El alemán coincidieron que el asesinato del recordado periodista fue orquestado por Castaño bajo la petición de los altos mandos militares y políticos de la época, hecho del que luego según ellos, el jefe paramilitar se arrepentiría.

En el año 2011, los hermanos y demás familiares de Garzón demandaron al Estado colombiano ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos por la impunidad sobre el homicidio con el fin de establecer su responsabilidad por haber violado compromisos internacionales. El asesinato que hoy cumple ya quince años se suma a la amplia lista de crímenes perpetrados por los actores armados en armas y que, pudiera ser inclusive declarado como crimen de lesa humanidad siendo parte de una cadena sistemática de homicidios contra la oposición.

En Agosto de 2014 fue recapturado el coronel retirado del ejército Jorge Eliécer Plazas Acevedo, considerado la pieza clave para el esclarecimiento de este homicidio, pues Plazas Acevedo era el jefe de inteligencia de la Brigada XIII del Ejército en el momento en que Jaime Garzón fue asesinado. Inclusive, una de las causas que llevaron a su recaptura fue las declaraciones de varios testigos que aseguraban que el oficial hizo inteligencia a Garzón para luego así poder comunicársela al jefe paramilitar Carlos Castaño.

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No solo de 1997 sino desde mucho antes, la impunidad y el silencio cobarde de la sociedad así como la indolencia por callar esa verdad que defendía Garzón, nos acostumbramos a la muerte y andar tras la sombra de ella. Año tras año y de manera repetitiva cada 13 de agosto los diarios, la radio y los demás medios de comunicación relatan sobre este hecho que presencié cuando tan solo era un niño motivo por el cual, muchos así como yo crecimos tras su legado y comprendimos que era una cuestión de cojones tomar un momento histórico que era el preciso instante en que circundamos la verdad. Su sepelio, al son del sabor latino y carisma único que le caracterizaba su singular carcajada cantando un bolero de las Antillas me dieron a entender años después del personaje intrépido y denodado que era.

Desde su cobarde asesinato silenciaron esa voz que, como Camus diría en algunos de sus libros, ‘la ironía, esa única arma sin precedentes contra los demasiado poderosos’; misma que le pertenecía a Garzón y que dejó de ser una amenaza para políticos, fuerzas militares, la sociedad e inclusive la propia iglesia. A él le pertenecía la risa, era propia de su combate digno, era su trabajo, su labor. Han pasado ya dieciséis años y aún no hay culpables, y de seguro pasarán muchos más desde el momento en que nos lo arrancaron de dentro, sin avisar y sin dar tregua. Se lo llevaron y hoy ya nadie se ríe de este país, ni siquiera yo, ni siquiera usted.

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