Carta abierta al colombiano “mala leche”

Por estos días, se respira un ambiente de fe, de perdón, de reconciliación en Bogotá, y en general, en cada uno de los rincones del país donde la señal de televisión lleva el registro minuto a minuto de la visita de un Sumo Pontífice, luego de más de treinta años de no pisar suelo colombiano. Pero también se respira un hálito de mala leche y de inconformismo al interior de una sociedad convulsa que poco o nada sabe qué es lo que quiere. Que no conoce bien su norte y que hace lo que esté a su alcance por ridiculizar al otro. Pese a esto, es una sociedad que no baja la guardia ni desiste en la idea de ver su país en paz. Una paz que no solo esté en el papel, sino también en los campos y las ciudades que alguna vez estuvieron envueltas en el oscuro lastre de la guerra.

Y es que poco importa cuál sea el credo que pregone usted y todo aquel que está leyendo esto. Usted podría ser protestante, mormón, cristiano, anglicano o católico. Incluso, estar en plena libertad de ser creyente o no; pero el mensaje que deja la visita del Papa Francisco a Colombia es contundente. Es universal. Pero lejos de las raíces espirituales de cada quien, su discurso no está lejos de ser también, un mensaje con sentido social y político. Sería una cínica y soberbia afirmación declarar que su viaje desde Roma tiene el propósito único de evangelizar y pregonar la palabra de Dios. Sus intenciones van más allá de consolidar una vieja y degradada imagen de la iglesia.

Pero no hablaremos tanto sobre los mala leche, los de actitud arrogante, crítica y poco constructiva de la gente; es más que suficiente la popularidad que adquieren fácilmente con el odio en las redes sociales y se diseminan como pólvora por la internet. Como Fernando Vallejo. Él sí que sabe de eso. Ha ganado más reconocimiento por su escepticismo, que por sus propios libros. Ni hablar de Galat que con su demencia senil llena tabloides y chivas amarillistas de cuanto medio quiere dar un poco de qué hablar. Precisamente, el mensaje que ha dado hoy el Papa a los jóvenes y a los Obispos en su discurso ha sido el hablarle a los corazones de todos, incluso, al de sus detractores y la iglesia que representa.

Es verdad. Muchos están en la plena libertad de rechazar la visita del Papa Francisco. En opinar, en controvertir y hasta en especular todo cuanto quisieran; pero nunca debería permitírseles, ni a ellos ni a nadie, señalar o cuestionar la fe de los demás incluso, hasta llegar al punto de insultar. ¿Hasta qué punto se puede tolerar lo intolerante? En palabras de él, que constituye un lenguaje universal, ¿de qué sirve ganar el mundo si se tiene el alma vacía? El asunto está en llenarla como se pueda. Paradójicamente, la corrupción de nuestro país la ha llenado alimentando el narcotráfico y engordando los paraísos fiscales. Cuán diferente podría ser nuestra realidad si aprendiéramos lecciones tan básicas como estas.

Reconozco, aún en mi calidad de no practicante de la fe católica, que la iglesia ha mantenido por años, e incluso por siglos, un pasado oscuro del cual es penoso echar un vistazo atrás. No por esto, debe condenársele persecula seculorum. Pregonar el discurso de la vieja iglesia, corrupta, también está mandado a recoger. Reconozcamos que somos una sociedad mala leche, que inconforme, no ha podido cerrar la brecha de los resentimientos y las inequidades que la aquejan a diario. Así como no podemos pasar de agache lo anterior, también es sensato reconocer que hasta hace muy poco, se renueva en la procura de promover el librepensamiento y la separación de un único dogma.

El ecumenismo del Papa Francisco hoy busca recordarnos a todos, el importante rol que jugamos como ciudadanos, como servidores públicos, como maestros, como políticos (opositores o del gobierno) y cualquiera de su naturaleza, como médicos, como obispos. Como una sola sociedad. Como seres humanos y como hacedores de paz. Como hombres y mujeres que ocupamos y hacemos un lugar en la historia. Es una invitación a apropiarnos de lo nuestro, a defender la Amazonia, a no dejar que nos arrebaten la alegría y la esperanza, a no temerle al futuro y atrevernos a soñar en grande, a descubrir la Colombia profunda. Es un consuelo reconfortante para un pueblo que despierta y comienza a construir la utopía de su paz después de los días oscuros de su historia.

 

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