Blues

Chuck Berry: El papá del Rock n’ Roll

Quizás en la historia de la música popular no exista un riff tan incisivo y memorable como el que se desprende de las primeras notas de Johnny B. Goode, la más célebre referencia musical de una estrepitosa época que envuelta en nostalgias, hoy se niega a desaparecer: La era del rock and roll. Esta época que estuvo marcada por la protesta y el rechazo a la antiséptica música del Tim Pan Alley -música popular norteamericana que se escuchaba en las algodoneras del sur-, tenía la pasión y el ímpetu adolescente, pero no sería auténtica hasta que la figura de Chuck Berry apareciera para que esta adquiriera un lenguaje propio.

Con el carácter arrollador que siempre le caracterizó, este músico nacido en Saint Louis en 1926, desarrolló todo un idioma excitante y fresco que bajo los sutiles arreglos y las vibrantes notas del rhythm and blues, concretó un estilo subterráneo que terminó por transformar la puritana sociedad estadounidense de la posguerra y, posteriormente, contagiar al resto del mundo. Eran los años cincuenta y el sonido que brotaba de las notas de su guitarra, parecía venir de otro planeta. Era enérgico, sexual y moderno.

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Si en el rock and roll, Elvis Presley es el rey y Bo Diddley su arquitecto, Chuck Berry fue su poeta. Pese a no tener el poder seductor de Little Richard, ni el endiablado ritmo de los dedos de Fats Domino en el piano, Chuck se alzó con todo el canon de esta época desde la guitarra eléctrica. Y es que a diferencia de muchos de sus coetáneos, Chuck componía y cantaba sus propias inspiraciones con una voz tan sutil y edulcorada que intentaba emular los colores de la de su ídolo de juventud, Nat King Cole.

La definición del rock and roll tiene un antes y un después de Maybellene. Esta grabación hecha el 21 de Mayo de 1955, es considerada el mito fundacional de la revolución musical de Chuck Berry así como la piedra angular para entender toda su obra. Aunque originalmente Maybellene es una adaptación de Ida Red, una popular melodía country, Chuck la grabó para los estudios de Chess Records junto al piano de Johnnie Johnson, las maracas de Jerome Green, el bajo de Jasper Thomas y el bajo de Willie Dixon. Es aquí donde comienza su éxito como músico, como el paradójico artista que al no saber escribir ni leer correctamente una partitura, sin embargo, con su guitarra se comunicó como nadie.

Sus composiciones, plagadas de chicas, autos y carreteras, se imprimieron en la música popular a finales de los años cincuenta como finas estampillas sociales llenas de ritmo que nutrieron su universo lírico. Estas letras, que hablaban desde la ruptura clasista en la música en Roll Over Beethoven (1956), hasta la rutina escolar en School Days (1957) y Rock And Roll Music (1957), desde el cuerpo que descubre la pubertad en Sweet Little Sixteen (1958) hasta del día de pago y de los devaneos juveniles en No Particular Place To Go (1964), establecieron rasgos de esa comedia humana que haría parte de esa mitología llamada rock and roll.

La picardía propia y los dobles sentidos del blues acabaron de cocinar junto con Chuck Berry una receta lírica irresistible que alimentaría al rock en su gestación y nacimiento futuro. Siempre acompañado de su célebre duckwalk, que usaría en Nueva York en 1956 para ocultar las arrugas de su pantalón, Chuck encendió la mecha para la fantástica explosión musical del medio siglo siguiente. Y es que seguramente sin Berry, la música hubiera sido menos fantasiosa, más tímida y menos segura de su poder transformador. Los grupos musicales de los sesentas, en América como en Europa, definieron su sonido a partir del riff de su guitarra.

En las décadas siguientes y gracias a sus atrevidos y melodiosos riffs, alcanzó la admiración de otras grandes figuras de la música como Bob Dylan, John Lennon, y Bruce Springsteeen, una importante referencia compositiva en las letras de George Harrison, AC/DC y Led Zeppelin así como también, la inspiración en las versiones de sus letras que grabarían The Beatles y Rolling Stones en sus inicios, además de decenas de artistas que, hasta nuestros días, aun cuando el mundo llora su triste partida, todavía intentan encontrar un himno tan irrepetible y lleno de futuro pese a que representa una época ya extinta, como Johnny B. Goode.

Hoy homenajeemos al auténtico Padre del Rock, ese mismo hombre que vivía peligrosamente, que conoció la cárcel en más de una ocasión… ¡y sobrevivió!

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Nina Simone: La otra mujer

La música por esencia, como todas las artes, es ese lenguaje catalizador de emociones que se convierte en esa voz de colores que sin tener más que palabras, toman su melodía para transformar la historia. Esta fue Nina Simone. Brillante, revolucionaria, mujer y negra. Cuatro adjetivos que hicieron de ella la que fue. Se llamó así para esconderse de su madre y por adorar a Simone Signoret. Se convirtió en el ritmo, la melodía y la voz que junto con los condenados de la tierra envueltos en su opresión, un día dijeron basta. Esta fascinación por la historia de la mujer tras la estrella, tras la ídolo de masas, aquella que compartía una experiencia musical  con el público  pero se iba a casa con una profunda soledad, es única.

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La expresión de Nina Simone era única. Siempre, sentada frente al piano era envuelta en una seriedad intimidatoria. Su oscura belleza física se escapaba de las proporciones áureas: tenía nariz ancha, ojos tristes y una boca grande que exhalaba una voz que, como madera noble, resonaba profunda y felina entre cotilleos de desengaños y de fe. Una voz que como pocas, guardó en su registro contralto el desgarro áspero e intenso con el que todas las emociones se pudieran dar cita bajo el conjuro de su extraña magia. La perfección cruda y palpitante del talento de Nina le valió reconocerse prontamente como la sacerdotisa del Soul, etiqueta que a su pesar, nunca le pareció.

Siendo la sexta de ocho hermanos, Eunice –que era su verdadero nombre- nació en 1933 en el seno de un hogar profundamente religioso de Tyron (Carolina del Norte) lejos de la ciudad. Siguiendo los pasos de sus padres, que eran predicadores, su brillante talento no tardó en brotar a muy temprana edad: tenía tres años cuando tocó  God Be With You Till We Meet Again en el órgano de su casa; lo aprendió de memoria. Luego, en tiempos del Jim Crow y con tan solo diez años, debutó en un recital, pero cuando intentaron prohibir a sus padres sentarse en primera fila por ser negros ella se negó a tocar, por lo que los blancos y pálidos organizadores tuvieron que ceder.

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Fue ahí y siendo apenas una niña que Eunice soñó con convertirse en la primera concertista de música clásica negra de su país. Pero la historia le reservaba otro lugar más trascendental, uno que no imaginaba. Aplicó para una beca en el Instituto Curtis, el cual la rechazó por su color de piel. Más tarde, la Escuela Julliard la admitió pero allí no pudo costear sus estudios por mucho tiempo, así que en lugar de seguir su formación en música clásica, empezó a tocar música en un café irlandés de Atlantic City.  Fue allí donde nació, sin más preámbulos, una de las voces femeninas más importantes del siglo XX, que poco tardó en crear su seudónimo, mismo con el que alcanzó la fama.

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Mississipi Goddam

Eran los años cincuenta y los días que atravesaba la comunidad negra se volvieron más ácidos y convulsos al punto que hicieron que su rumbo fuera otro y cambiara sus sueños al convertirse en el melódico lenguaje de la vorágine revolucionaria y ardiente que se estaba despertando en los guetos. Nina era toda una luchadora. Aunque su carrera empezó desde abajo y se vio rodeada de tropiezos con otros músicos, su éxito comercial llegó de la mano de Andrew Stroud, un sargento de policía que renunció a su trabajo por convertirse en manager, además de su marido. Su versión de I Love You Porgy, ópera prima de George Gershwin la llevó al éxito y rápidamente, su camaleónica e intrépida voz inundó las estaciones de radio y comenzó a ser conocida a nivel nacional.

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La nube de humo de su vida que agobiaban los periódicos y el bombardeo de 1963 a la iglesia de Birmingham (Alabama) a manos del Ku Klux Klan, en el que murieron cuatro niños negros, Denise McNair, Addie Mae Collins, Cynthia Wesley y Carole Robertson, cambió su vida para siempre, como lo hizo para muchos norteamericanos negros. Durante la marcha de Selma a Montgomery, interpreta ‘Mississippi Goddam’, la legendaria canción con la que miles de negros marcharon defendiendo su derecho al voto. Componerla le tomó una hora, pero mientras Nina escribía canción tras canción acerca de la experiencia de ser negro en América, Stroud veía sus canciones como un obstáculo para continuar con el éxito.

El hecho de atreverse a decir lo que los demás temían, tuvo repercusiones negativas en su vida personal y en su desempeño como artista, puesto que las estaciones de radio, cadenas de televisión  y grandes disqueras le cerraron las puertas por temor a que sus canciones revolucionarias desataran disturbios y protestas. Pese que su lucha no duró mucho, sintió una profunda desilusión además de desequilibrios sumados a su inestable emocionalidad. Huyó de los Estados Unidos al Caribe; más tarde, atraída por el país de sus ancestros viajó a Liberia, luego pasó por Suiza y finalmente se radicó en Francia. Allí, con un aspecto de indigencia, fue encontrada divagando en el hall de un hotel desnuda, empuñando un cuchillo. Sobrevinieron días oscuros para Nina.

MUSIQUE

Intenta volver a los escenarios, donde su semblante ahora está mucho más serio, en una mezcla de solemnidad y confusión, con los ojos perdidos y emocionados. Lanzando una intensa mirada al público que dura algunos segundos –que parecen eternos- se gira algo desorientada para sentarse en la banqueta del piano lista para comenzar a cantar esas melodías que le valieron la gloria consumida por el infierno de su realidad. Así fuera la pionera o la cultivadora del infierno, Nina Simone fue habitada por ambas mujeres, a menudo y al mismo tiempo. Ella fue sin duda, una mujer única en los tiempos cuando era difícil serlo aún por encima de tener el color de la noche sobre su piel.

Para ella, su propia negrura siempre fue saturada e inevitable. No sólo es Nina Simone, es un ícono cultural, una estela musical que perdura en la memoria y el legado de una lucha que aún no termina, lucha con la que pavimentó el camino para miles de mujeres y afroamericanos demostrando que pueden ser brillantes aun siendo imperfectos a los ojos de los demás.

Nostalgias del retrato de un Hipster

Siendo el hijo bastardo de una generación perdida, el hipster no estaba realmente en ningún lugar. Al igual que un lisiado que tiende a localizar sus sensaciones más fuertes en el miembro que le ha sido amputado, así el hipster anhelaba, desde el comienzo de su existencia estar en algún lugar. Era como ver un escarabajo patas arriba: su vida se debatía entre constantes luchas por erguirse. Pero las leyes de la gravedad humana lo mantenían sometido, porque siempre era parte de la minoría, un opuesto en raza o sentimientos de aquellos que dominaban la maquinaria del reconocimiento.

El hipster así entonces empezó su inevitable búsqueda de autodefinición incomodándose  en una delincuencia incipiente. Pero esta delincuencia no era más que la negativa expresión de sus necesidades más profundas y dado que solo lo arrastraba a los brazos expectantes de la ley, se vio finalmente forzado a formalizar su resentimiento contra el mundo y a expresarlo de una manera simbólica. Este fue el nacimiento de su filosofía, llamada Jive, una filosofía que consistía en estar en algún lugar. El origen etimológico de esta palabra proviene de Jibe, que significa armonizar o aceptar pues así al descargar de una manera simbólica su agresividad, el hipster se armonizó finalmente y se reconcilió con la sociedad.

Llegado el momento en su crecimiento natural, su propia filosofía comenzó a manifestarse, a hablar. En un principio, se contentó con hacer breves sonidos, una serie de jergas fisionómicas, para luego desarrollar un propio lenguaje. A su debido tiempo y como madurara este, el lenguaje llegó a describir ese mundo que percibían los ojos del hipster. De hecho, ese era el rol que había encontrado en la sociedad, poder reeditar el mundo con nuevas definiciones. Dado que ser articulado es una condición indispensable de la ansiedad, el hipster se libró de esa incesante ansiedad desarticulándose de sí mismo.

Redujo las dimensiones del mundo a un pequeñísimo escenario con poca utilería y con una breve cortina de Jive. A cuestas llevaba un vocabulario con docenas de verbos, de adjetivos y sustantivos que apenas podían describir todo lo que sucedía. Su vida era como una baraja de Póker sin Joker. No había ninguna palabra que fuera neutral en este vocabulario; era un simple lenguaje polémico en el que cada palabra tenía la virtud de señalar o denominar. Estas evaluaciones eran absolutas; el hipster descartó toda la sintaxis que le fuera necesaria para no hacer de su hablar una vaga dicotomía que fuera triste, desinflada y conducida hacia ningún lugar.

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Aun así en lo más propio de su esencia, el hipster pertenecía a algún lugar. “Ningún lugar”, el peyorativo preferido por él mismo era un abracadabra para desaparecer mágicamente las cosas. A causa del carácter polémico, el lenguaje Jive era profuso en agresividad y en metáforas sexuales. Como el hipster nunca hacía nada con un fin y en cambio se entregaba a la agresividad, el sexo estaba al servicio de su agresión suministrando un vocabulario obsceno y amedrentador. Los hipsters nacieron de una necesidad desesperada e insaciable  de saber cómo llegar a algún lugar  y trayendo consigo ese lenguaje y su nueva filosofía como armas secretas, pretendían conquistar el mundo.

Así pues, se apropiaron de las esquinas y allí dirigían el tráfico humano. Su significado era inequívoco y su cara estaba congelada, con ojos entrecerrados sagazmente, la boca un poco relajada pero perspicazmente alerta y los pies sólidamente plantados; sus hombros estaban ligeramente recogidos hacia arriba, sus codos cerrados y las manos pegadas al cuerpo. Ondeaban sus bastones de cerca de setenta centímetros como si fueran banderas creyéndose que fueran una torre sobre la cual orbitaran los humanos sumisos mientras chasqueaban los dedos en las alas de sus sombreros. Estaban en efecto rebosando hasta el cuello de pertenencia en algún lugar.

El hipster fingía un mechón blanco hecho con talco en el pelo. Este era un signo externo de una profética mutación y siempre usaban gafas oscuras porque la luz normal ofendía sus ojos. Era un hombre subterráneo que necesitaba de un ajuste especial, una criatura endemoniada de la noche donde el crimen, las apuestas, el sexo y otros actos atrevidos sucedían. Era una entidad aislada, crítica y discreta. Los dos componentes más importantes en la vida de un hipster eran la música y la marihuana.

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La música no era un estímulo para bailar, pues el hipster rara vez lo hacía y este estaba más allá del alcance del estímulo. Siendo exactos, la música jive era la autobiografía del hipster por excelencia. El período azul del blues fue muy parecido al de Picasso: confrontando vidas tristes, duras y aisladas; posteriormente,  el blues se transformó en jazz. En el jazz, como en el cubismo temprano, las cosas eran acentuadas, las palabras eran usadas menos frecuentemente que en el blues. El instrumento se convirtió en el narrador de su vida. A veces era cercano a una conversación sobre literatura. Pese a su fascinación, el jazz era casi siempre coherente e inequívoco en su intención.

El bebop era el tercer nivel de la música jive, era análogo y se parecía al cubismo sintético. Para entonces, el hipster ya no estaba dispuesto a verse como primitivo; el bebop era la música cerebral que expresaba sus pretensiones y convirtió al hipster en un guardián de enigmas, un pedagogo irónico y un exégeta autoproclamado. Todas las mejores características del jazz eran atenuadas en el bebop haciendo de este extraño tipo un malabarista o un prestidigitador.

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El bebop entonces era una de las siete formas de ambigüedad del hipster, era el símbolo desintegrado, las esquirlas de su actitud hacía sí mismo y hacia el mundo. El blues y el jazz eran documentales en un sentido social señalando al bebop como el grito de independencia del hipster a través de un lenguaje doble. Para abstraerse de sí mismo, el hipster usaba la yerba; la marihuana le garantizaba una salida indispensable de sí. Su situación era demasiado tensa para no verse satisfecha con una salida, una indispensable fantasía y el trance que le provocaba le abastecía de un paraíso del que él solamente disfrutaba.

A veces en la reacción generada por él, se tomaba sus tiempos de solipsismo para hacer aserciones de su voluntad criminal. Era entonces en su mente el gran hombre instintivo, el embajador del ello freudiano, un intérprete para los ciegos, los sordos y los idiotas. El hipster se convirtió en poeta, en paladín, en héroe. Era Lázaro volviendo de entre los muertos. Y claro que estas reacciones le dieron para consumirse en una gran hoguera sin importarle en ningún medio las consecuencias catabólicas que advenían y aquí se vio arruinado. Le cayó al hipster una lluvia aduladora y frenética, por fin estaba en algún lugar. Finalmente, consiguió lo que quería y dejó de protestar y personificarse. Comenzó por burocratizar el jive, misma filosofía surrealista que el encarnó años atrás. El hipster se había transformado en un pretencioso poeta laureado por muchos, lo compraron y lo pusieron en el zoológico, habían reformado al guerrillero y silenciado su subversión. Estaba de vuelta  en el útero fecundo de los Estados Unidos, esperando para así gestarse años después.