Cinematografía

Disney: Una parajoja bizantina

Nada resulta sorprendente por estos días que cientos de hordas homofóbicas se alcen en críticas contra la nueva película de Walt Disney Pictures, La Bella Y La Bestia. Y es que era de esperarse que ese fugaz beso entre LeFou y Gastón, personajes de la cinta, encendieran la mecha que alimentaría la furia de retardatarios y censurantes bizantinos. Lo que sí sorprende, es la paulatina evolución del lenguaje sobre el cual se construyeron los grandes clásicos del cine infantil con el que muchos crecimos, pasando de la metáfora a lo explícito y lo menos fantasioso. Un lenguaje que rompiera tabús. Uno, al que no se le escapara ni el más mínimo detalle.

¿Y quiénes son estos dos personajes? LeFou es el leal esbirro de Gastón, quizás el villano más narcisista que la imaginación de Walt Disney jamás haya creado. Desde la película de 1991, LeFou (el loco, en francés), se personifica como un ser molesto, cómico y torpe, con una estridente risa y que en ambas películas, entona una oda a los músculos de Gastón, a su cuerpo velludo, su inteligencia, su estilo al escupir, su don de casanova para coquetearle a jovenes damiselas y hasta para comer muchos huevos a la vez. En resumen, LeFou siempre fue explícito en su deseo homosexual. Nada cambió de una cinta a la otra.

Por ende, mientras los personajes queer se representen en Disney como villanos y seres con una madurez emocional rezagada, incompleta e infeliz, el statu quo en la industria del entretenimiento se mantendrá imperante. Y esto es justamente lo que ha sucedido. El personaje de LeFou es tan estereotípicamente gay, como personajes de la televisión como Will y Jack en Will & Grace, Kurt y Blaine en Glee, Renly Baratheon y Loras Tyrell en Game Of Thrones, como Piper y Alex en The Orange Is The New Black, Cameron Tucker y Mitchell Pritchett en Modern Family o los personajes de la intrépida serie, Queer As Folk.

Pero, ¿qué significa La Bella Y La Bestia para el cine gay? La respuesta corta se resume en nada. Otra respuesta es que aporta más al cine en general que al discurso gay en particular. Sin embargo, esto no es nuevo. Mucho antes que este clásico francés fuera llevado a la pantalla grande, esta paradoja había llegado en los albores del cine que ya tenía aires homosexistas impresos en él. Desde los gags experimentales de Edison en 1895 donde aparecen dos hombres que bailan juntos, hasta cintas de posguerra como Lot in Sodom de 1933 que retratan las depravaciones entre ángeles y sátiros gais en la ciudad del pecado, son muestras para no desconocer una censura de la que aún, no se hace justicia.

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Claramente, en un mundo al que aún sobrevive la sombra del medioevo que no ha podido ver la luz, la hechicería, la magia y la brujería son tan comunes en las películas infantiles que solo son parte de una ficción fantasiosa sobre la que los niños no corren ningún peligro. Se ha normalizado, tanto que son desapercibidos. No obstante, han sido tan comunes los encuentros entre el bien y el mal en el cine que, curiosamente para estos jumentos, esta película no es más que una publicidad descarada y adoctrinante, que en otras palabras, una apología a la homosexualidad que rompió con el paradigma heterosexista que defienden.

La industria del entretenimiento nos ha dado desde pesadillas con endemoniados elefantes color rosa (Dumbo, 1941), criaturas inofensivas y huérfanas (Bambi, 1942), hasta criaturas que odian la navidad (El Grinch, 2000), ogros en su pantano que se enamoran de una princesa (Shrek, 2001), una mujer que se enamora de una abeja (Bee Movie, 2007) e incluso, una niña que se enamora de un sapo (La Princesa y el Sapo, 2009), pero nunca se ha mostrado a plena libertad la fuerza de la sexualidad entre personas del mismo sexo. Sin embargo, no todas las producciones que ha realizado Disney han sido cuentos de hadas.

Valdrá con decir que para 1946, la compañía lanzó un cortometraje de diez minutos titulado La historia de la Menstruación’ que se utilizó pedagógicamente durante más de 20 años. ¿Y qué pensarían los homofóbicos al saber que La Sirenita, el clásico cuento de hadas escrito por Hans Christian Andersen en 1837 y llevado al cine por Walt Disney Pictures en 1989, es en realidad una historia homosexual? Es la historia que según expertos en la vida del famoso cuentista danés, retrata el amor imposible que sentía por otro hombre a quién luego le dedicaría la historia, tan imposible como el amor que podrían sentir dos seres de mundos diferentes.

Y me sigo preguntando, ¿qué dirían los homofóbicos al saber que en dicha película, la malvada Úrsula, la bruja del mar, está inspirada en un Drag Queen de Baltimore? Como si fuera poco, se trata de Divine, una Diva consagrada luego de su interpretación como Babs Johnson, la protagonista de la icónica película de John Waters ‘Pink Flamingos’, el éxito de culto de 1972 que no sólo sigue siendo controversial sino también una sucia demostración de una sucia verdad. En la cinta, la esencia de esta reina drag quedó perfectamente retratada en este maravilloso pulpo cruel, corpulento y extravagante que hace de las suyas con tal de lograr apoderarse del océano.

Pero, ¿cuál sería la reacción que tendrían personajes pintorescos como el concejal de la familia, Marco Fidel Ramírez, o los silentes Viviane Morales y Carlos Alonso Lucio al saber que dentro de su moral cristiana, la causa que defienden le es indiferente a este emporio de la fantasía? O mejor aún, ¿será que estos personajillos saben que desde 1991, el primer sábado de Junio de cada año se celebra el día gay en las tierras de Mickey Mouse? ¿En qué pararía su gesta? Pero estos no son los únicos En el mundo, países como Kuwait, Rusia y Malasia han manifestado su interés en censurarla, e incluso, en Alabama (EE.UU.), se suspenderán las proyecciones por completo.

No obstante, la censura en el siglo XXI se ha globalizado, se ha mutado y se ha vuelto mucho más potente, más invisible y difícil de percibir con efecto completamente brutales. Claro que, según algunos de los que piden la censura de la película, solo hay una visión de la realidad válida, una sola opinión posible, solo una ética, solo un dios, solo una opción política, que no va de la mano con la justificación de un romance entre una bella mujer y una bestia o entre dos hombres, así pues que si la libertad realmente significa algo, es el derecho de decirles a los demás lo que no quieren oír y mostrarles lo que no quieren ver.

Quizás lo extraordinario de Disney y de su nueva producción, o del momento histórico en el que vivimos, sea que la película, en realidad, a lo que obliga es a quitarse la lentes de cine homosexual porque este ya puede permitirse transitar tan lugares comunes e inhabitados sin que por eso signifique renunciar a su calidad o a su validez en el discurso, incluso, en el mundo de la fantasía infantil. Las producciones cinematográficas se han hecho en eras diferentes, en épocas diferentes que incluso, acaban diluyendo su contenido para hablar de sentimientos oprimidos, sean o no minoritarios.

Y por favor, que nadie sea como el jumento que tenemos por concejal.

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Dali’s Mustache: ‘In Voluptas Mors’

In Voluptas Mors, que traduce en castellano ‘La voluptuosa muerte’, es un épico retrato del genio surrealista del siglo XX: Salvador Dalí. Y lo hizo en colaboración con el fotógrafo Philippe Halsman en 1951. El retrato representa a Dalí posando junto a lo que parece ser una calavera gigante, un tableau vivant que integran siete modelos femeninas, completamente desnudos. Para lograr esta figura, el fotógrafo letón, célebre entre otras cosas por sus retratos a personajes célebres, tardó cerca de tres horas en organizar cada una de las modelos de acuerdo a un boceto hecho por Dalí.

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Lo que inicialmente puede parecer una referencia mera de memento mori, una locución latina que significa ‘recuerda que tienes que morir’, en realidad es una fusión mucho más atípica y compleja en la interacción entre el ‘sexo’ y la ‘muerte’, los dos tabúes más grandes en la historia de la humanidad. La representación se basa en la tradición simbólica del vanitas, en lo insustancial, un estilo artístico que sirvió durante mucho tiempo como un recordatorio de la fugacidad de la vida, los placeres fútiles y la certeza inevitable de la muerte.

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No obstante, es inusual en los retratos de Dalí la incorporación del voluptas expresado a través de desnudos femeninos dentro de una estructura física constitutiva del símbolo del vanitas en sí mismo (el cráneo con rasgos humanos); voluptas es un personaje de la mitología clásica romana, una de las tres Gracias, hija de los dioses Eros y Psique. Entonces, el retrato presenta una sutil fusión del eros, símbolo del amor erótico o sexual,  y el thanatos, símbolo de la muerte, en un solo objeto.

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‘In Voluptas Mors’ se ha convertido, como muchas obras de este genio, en el adalid por excelencia del arte surrealista; el retrato ha sido reinterpretado por otros artistas y utilizado para diferentes propósitos, entre ellos el más famoso fue el que utilizó Jonathan Demme en 1991 en el poster de la cinta ‘The Silent Of The Lambs’, basado en la novela homónima de Thomas Harris. Originalmente, el retrato aparece contenido en un compendio fotográfico que Halsman tituló ‘Dalí’s Mustache’, publicado en 1954.

Lauren Bacall: “Si me necesitas, silba” [1924 – 2014]

En el set de grabación sólo una mujer fue capaz de enloquecer a Humphrey Bogart, y esa fue Lauren Bacall. Con tan solo 20 años y en su debut como actriz en “To Have and Have Not”, cinta dirigida por Howard Hawks, hizo que el veterano y comprometido actor perdiera la cabeza por ella. Aquella mujer había nacido en el Bronx en 1924 en el seno de una familia inmigrante de origen judío bajo el nombre de Betty Joan Perske Weinstein-Bacal, pero sería con el seudónimo de Lauren Bacall, con el que llegaría a la fama. Pero Humphrey no sería el único que se embelesaría con sus encantos y belleza sin igual, pues tras el estreno de la cinta en enero de 1944, Hollywood quedó maravillado al instante. Este sería el despegue de una de las actrices más prometedoras y talentosas de la época dorada del séptimo arte.

En esta clásica cinta se encuentra aquella inolvidable escena en la que la actriz galantea con Bogart” diciéndole “¿Sabes cómo silbar? ¿No es así Steve? Juntas los labios y soplas”. Con esta escena quedaría entonces grabada para la historia, aquella joven que hipnotizaba con la mirada y esa voz ronca que espetaba “Si me necesitas, silba” en susurros a Bogart, al que al año siguiente de aquel fortuito encuentro en grabaciones hizo su esposo y sería su amor hasta 1957, año en que el legendario actor falleció dejándola viuda con tan solo 32 años.

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Enamorados a primera vista en el set de aquella película que tuvo un éxito arrollador en taquillas y con una impresionante afinidad, volverían a compartir un nuevo filme bajo la misma dirección de Hawks en “The Big Sleep” bajo cuyo estreno en salas de cine, terminarían casándose. En esta cinta se inmortalizó una corta e hipnótica escena en la que Lauren aparece cantando en un pequeño salón al que entra Bogart, distinguido siempre con su traje, mirada seria y absorta observando a aquella chica. Bacall estaba vestida de un ampo traje blanco, ceñido a su cuerpo y junto a un piano mientras se veía rodeada de varios hombres que no podían dejar de perderse en su hermosa figura. Su voz, aunque parecía un poco rota y demostraba que no tenía mucho talento en el canto, se vio oculto tras el carisma envolvente de su talento.

En los años siguientes, Lauren aparecería en otras dos películas junto a su esposo: Las cintas “Dark Passage” de Delmer Daves en 1947, y “Key Largo” de John Houston en 1948. Pronto, Bogart y Bacall se convertirían en una de las parejas más recordadas de Hollywood. Cinco años más tarde, trabajaría junto a Marilyn Monroe y Betty Grable en la cinta “How To Marry A Millionaire” de Joan Negulesco, de quienes aprendería lo sofisticado y glamuroso de su belleza femenina dejándolo grabado en 1954 en la cinta “Woman’s World”. Tras la muerte de su esposo y de un escandaloso romance con Frank Sinatra, Bacall se casó con Jason Robards Jr., del que se divorció en 1969 por la adicción enfermiza entre Jason y el alcohol.

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La Academia de Hollywood, que no extrañamente ha sido injusta con algunas de sus leyendas, no consideró en lo absoluto que ninguna de las interpretaciones hechas por Bacall fueran merecedoras de una estatuilla, logrando solamente una nominación en 1996 como mejor actriz de reparto por su papel en “The Mirror Has Two Faces”, de Barbra Streisand; finalmente la estatuilla la ganó Juliette Binoche por su papel en la aclamada película “The English Patient” de Anthony Minghella. Para compensar este infame desconcierto, en el año 2009, a Lauren Bacall se le hizo entrega de un Oscar honorífico por su impecable carrera.

En la última década, Lauren aparecería en cameos y actuaciones secundarias en cintas como “Dogville” y “Manderlay” del director Lars Von Trier, y “Birth” de Jonathan Glazer. Es con estas muchas y otras tantas inmortales interpretaciones, como pervivirán aquellas maravillosas y extrañas escenas dónde aquellos intrépidos amantes intercambian un pequeño gesto de complicidad desde la distancia de una canción que se grabó en la memoria de cientos así como muchas otras de aquella inmensa y arrolladora personalidad que ahora, a los 89 años, se ha apagado para siempre y se ha unido al panteón de los más grandes de la historia del cine.

 

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Huyendo de la Fama: La historia detrás del artista

El 21 Julio del año 356 a.C y según los escritos de Plutarco, el mismo día en que naciera Alejandro Magno, un pastor llamado Eróstrato incendió el templo de Artemisa en Éfeso, una de las siete maravillas del mundo antiguo, con el único propósito de hacerse famoso a cualquier precio. Enterado de su intención y bajo tortura, Artajerjes ordenó que su nombre fuera borrado de cualquier inscripción y placa de las ciudades; pero esto no bastó para borrar de la historia ni su nombre ni tampoco su ruin acción. Desde entonces se considera que el complejo de Eróstrato es el trastorno de sobresalir a toda costa, pero los síntomas más leves suelen ser una epidemia. Lo que realmente resulta raro es lo contrario, lo que los filósofos estoicos de la antigüedad llamaban “libido nescire”, la pasión por el anonimato, una terrible fobia a la popularidad, el mismo síndrome de hombre invisible que afectó al escritor Jerome David Salinger, pero también a otros personajes famosos que a su pesar, dieron que hablar por no querer dar que hablar.

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» Jerome David Salinger (1951)

Cuando en 1951 Salinger publicó “El guardián entre el centeno”, de la noche a la mañana su obra se convirtió en un verdadero best-seller. El autor incubó una mezcla de miedo y de asco a la fama y dio la espalda a la adulación y al éxito, viviendo voluntariamente recluso de su casa durante más de 50 años y se convirtió en famoso por no querer serlo. Jamás hizo declaración alguna, excepto en 1974, cuando tratando de evitar la publicación de algunos de sus cuentos le dijo a un periodista del diario “The Times”: “Hay una maravillosa paz en no publicar. Publicar es una invasión terrible de mi privacidad”. Pero cuanto más se empeñaba en preservar inexpugnable la hornacina en que se enclaustró, más atención suscitaba en los medios y más elocuente se volvía su silencio.

Durante años, los periódicos y revistas de todo New Hampshire, lugar donde residía, convirtieron en todo un deporte enviar a los reporteros a intentar retratarlo. En su juventud, Salinger tenía un aspecto melancólico y apacible, pero en las pocas fotos que pudieron robarle de mayor, se le ve un poco adusto y hosco. Se sintió torturado cuando se publicó en 2000 la obra “Mi verdad”, memorias de su ex amante Joyce Maynard; y, en 2002 “El guardián de los sueños”, un libro de su hija Margaret en el que afirmaba que su padre era un maltratador, un obseso sexual y un ególatra. En su obra añadía que bebía su propia orina y una lista interminable de sus preferencias. Gastaba la mayor parte de su tiempo y energía tratando de escapar del mundo y unos decían que no había vuelto a escribir nada; otros que, como Gogol, escribía mucho y luego lo quemaba todo. Hasta el mismo día de su muerte en 2010, su vida fue una completa melancolía por el anonimato y oscuridad perdidos.

Ahora en la mira de la prensa está otro insociable del cual solo se conoce media docena de fotografías. Se trata de Thomas Pynchon, uno de los novelistas más importante del siglo pasado, destacado por su compleja y exigente narrativa literaria. No se suscitan más que sospechas y mitos detrás de la vida del autor de obras como “La subasta del lote 49″ o “Vineland”. Pynchon en los sesentas fue hippie y activista contra la guerra de Vietnam, pero siempre estuvo escondido en Nueva York, México y parte de California. Su brillante expediente universitario desapareció así como también el de su servicio militar que misteriosamente se quemó. En casi cincuenta años, ha publicado tan solo siete novelas y tan llamativo como su estilo es su virtuosismo para jugar al escondite, hecho que ha generado un morbo por parte de los periodistas, lectores e inclusive de cazadores de tesoros.

A veces, la fama parece tener una extraña química y, cuanto más se rehúye, más se tiene. La obsesión por dar esquinazo a los laureles ceba el interés público. La pregunta es ¿por qué se esconden? ¿Es miedo o sólo una obsesión maldita? Ser esquivo, muy esquivo, es a veces una patología y otras una impostura. A fin de cuentas, también existe el marketing del escondite, el propósito de hacer que hablen de uno recurriendo a la excentricidad de la ocultación. ¿Acaso no forma parte de la leyenda de Rimbaud tanto su poesía como su biografía de perdido en África? No sólo en la historia de la Literatura, sino en la Historia, es difícil encontrar un personaje tan canalla, depravado y huraño como Arthur Rimbaud.

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» Retrato de Arthur Rimbaud a la edad de diecisiete años (Étienne Carjat, 1872)

Se escondió en trece países diferentes de tres continentes distintos y se camufló en obrero, profesor, mendigo, estibador, mercenario, explorador, comerciante, traficante de armas y hasta en profeta musulmán en Etiopía y Somalia. Y para hacer todo eso sólo necesitó vivir treinta y siete años y cerca de un mes. Primero quiso inventar nuevas flores, nuevos astros, nuevas carnes, nuevas lenguas; luego su ansia de opacidad lo llevó a fugarse lejos y para siempre. Esa segunda vida sedujo a sus contemporáneos tanto como sus años de público y versos inmortales.

Uno de los casos de antropofobia más famosos y contemporáneos a Rimbaud fue el de la emperatriz Isabel de Baviera. A la edad de veintitrés años viajó a Madeira para huir del rígido protocolo de la corte de Viena; desde entonces no paró de esconderse hasta que, treinta y ocho años después, el anarquista italiano Luigi Lucheni la encontró en el muelle Pâquis en Ginebra y la asesinó asestándole una daga en el corazón. A Sissi la llamaban “la emperatriz locomotora” porque siempre estaba de viaje, no tanto por la pasión de conocer otros lugares sino por su fobia social. Estuvo en Lisboa y en Sevilla; en los balnearios de Bad Kissingen y Karlsbad; en la isla de Wight; en Irlanda; en las Cícladas, o en Egipto. Resultaba paradójico que cada vez que su barco atracaba, hacía salir a su peluquera personal, Fanny Angerer, quien tenía su misma altura y silueta, vestida con sus trajes, para que fuera la homenajeada, mientras pasaba por desapercibido. Incapaz de exponerse al escrutinio de la sociedad vienesa y de los cortesanos, Isabel de Baviera se ocultaba siempre tras un gran velo negro, un abanico y una sombrilla.

La misantropía hizo de Arthur Schopenhauer el más célebre de los filósofos esquivos de su tiempo. Cuando terminó de escribir en 1819 “El mundo como voluntad y representación”, envió el manuscrito al editor con una nota a la altura de su particular arrogancia: “Este libro será en tiempos venideros fuente y ocasión para un centenar de otros libros”. Cerca de dieciséis años más tarde, los editores le informaron de que casi toda la reducida primera edición se había utilizado para reciclar papel. Pero Schopenhauer era lo bastante soberbio para no recusar y reaccionó diciendo: “¿Se sentiría halagado un músico por los aplausos de una audiencia si supiera que casi todos eran sordos?”.

No sin rencor asistía al éxito de su contemporáneo, Hegel. En 1831, cuando el cólera invadió las calles de Berlín, Hegel murió víctima de la epidemia y Schopenhauer huyó de allí. A la edad de cuarenta y cinco años se instaló en Francfort y allí vivió durante los veintiocho siguientes una vida de soltero cuya extremada regularidad seguía el modelo de Immanuel Kant. Tolstoi lo llamó “el más genial de los hombres”; para Wagner, su doctrina supuso “un verdadero regalo del cielo”, para Nietzsche fue “un gran maestro”. El auditorio ya no estaba lleno de sordos, sino de delicados melómanos que aplaudían su música celestial. Pero él buscaba el silencio y la lejanía de todos ellos. Pensaba que la gente era solitaria, pobre, desagradable y embrutecida y por tanto prefería estar solo.

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» Daguerrotipo de Arthur Schopenhauer (Johann Jacob Seib, 1845)

Henry David Thoreau, autor del ensayo “Walden” publicado en 1854, tenía veintiocho años cuando se adentró en un bosque de Concord en el Estado de Massachusetts y por sí mismo construyó una cabaña, donde vivió dos años como un eremita excéntrico. Este pionero de la desobediencia civil leía allí a los clásicos, miraba el cielo, atendía los menores detalles de la naturaleza y escribía copiosamente. En alguna de sus páginas describió la vida ciudadana como millones de seres viviendo juntos en soledad. Él prefería escuchar el sonido del viento, los animales, las raíces y los lagos de la naturaleza convertida en santuario. Tanto amaría este ambiente que lo inmortalizaría en su obra pero por su hiperactividad literaria y moral se convirtió en un poderoso influjo para las mentes más inquietas de su generación y sobrellevó su éxito como un gaje irritante de su lucidez.

Bruno Traven amaba tanto la invisibilidad que hoy sigue siendo un enigma, cerca de cuarenta y cinco años después de su muerte. Fue autor de “El tesoro de Sierra Madre”, publicada en 1935 y que de la mano de John Huston y Humphrey Bogart, fue llevada en 1948 al cine, ganando tres premios de la academia. Su verdadero nombre aún sigue siendo un misterio, pues ocultó su identidad tras docenas de seudónimos, entre ellos Ret Marut. Sus lectores lo conocen como B. Traven y es todavía el hombre que nadie conoce, que es precisamente el título de una antología de sus cuentos. Fingió ser un cerrajero polaco, un marinero noruego, un anarquista bávaro y es seguro que en algún momento de su vida fue todas esas personas. Se sabe que llegó a México en 1924 y allí escribió sus primeras novelas. Traven se hizo famoso en todo el mundo para entonces y sus obras se tradujeron a más de cuarenta idiomas, pero siempre rechazaba la mirada de los otros y, exacerbando el exhibicionismo de la misantropía, se convirtió en un misterio envuelto en secretos con un enigma dentro.

El periodista mexicano Luis Spota publicó, en 1948, los resultados de su cacería. Contó que vivía en una casa humilde en Acapulco y recibía la correspondencia en un apartado de correos. Después de la aparición del reportaje, el hombre que vivía en el parque Cachú envió una carta a la misma revista negando que fuera Traven. Él era, aseguró, Hal Croves. Sin embargo, Hal Croves y B. Traven parecen ser la misma persona.

Hay excentricidades precoces que arraigan desde la infancia. Cuando, además prosperan sobre una personalidad polifacética y se alían con la ambición, el resultado es la excepcionalidad, o sea, un genio, un santo o un héroe. Howard Hughes pudo haber pertenecido a una de esas categorías, pero se quedó en un atrabiliario solitario. Desde niño, soñaba con volar alto y por eso quiso ser piloto. Cuando creció y se hizo un hombre, su fama de playboy proyectó sombras sobre sus otros éxitos. Al heredar la fortuna paterna, muchas mujeres se arrimaron a su dandismo. Sedujo a Katharine Hepburn, a Bette Davis, Gene Tierney, Ava Gardner. Se cansó y empezó a autorrecluirse. Padecía microfobia, un pánico cerval a los gérmenes y de niño creció con una percepción hostil del mundo exterior. Tras un gravísimo accidente cuando pilotaba el avión espía XF-11, desapareció de la vida pública hasta que, en abril de 1976, agonizó en un hotel de Acapulco. Estaba irreconocible y el FBI lo identificó por sus huellas dactilares.

En algún momento de su vida, sus pasos se cruzaron con los de Greta Garbo. Greta llegó a Hollywood en 1925, entonces todavía se llamaba Greta Gustafsson cuando “El demonio y la carne” interpretada en 1926 la lanzó al estrellato. Fascinó al mundo con su nariz respingona, sus cejas depiladas y su carcajada casi varonil. Era pudorosa y exigía rodar sus escenas en platós cerrados, con sólo el director, el galán y el cámara. En 1941, a los treinta y seis años rodó con George Cukor, “La mujer de las dos caras” y cambió los focos por el enigma, porque no quería envejecer delante de las miradas de la gente. Desde entonces, adoptó la identidad de Harriet Brown y se recluyó en un apartamento de Nueva York.

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» Greta Garbo (Clarence Bull, 1939)

La Divina” se convirtió en “La Misteriosa” y su silencio lo llenó de rumores y escándalos. La vieron, casi siempre apresurada, por Park Avenue o durante algún veraneo en Suiza, envuelta en ropas amplias y con gafas oscuras. Su aureola de misterio fue el estímulo paradójico que reavivó el mito, pero los incontables intentos periodísticos de rescatar su voz fueron inútiles. “Los periodistas son la peor raza que existe”, dijo a un amigo. Y añadió: “No me gusta verme expuesta”. Cuando en 1955 la academia le concedió un Oscar honorífico, no fue a recogerlo. Para 1932, en  la cinta de Edmund Goulding, “Gran Hotel”, el guionista le hizo decir la frase que resumiría su obsesión: “Quiero estar sola”. Su última entrevista fue la más breve, el periodista empezó diciendo: “Yo me pregunto…” y Greta le interrumpió: “¿Por qué preguntarse?”. Y se marchó.

Y es que a razón de estos, hay muchos otros más personajes que se escapan entre las historias que, a fuerza de misteriosos por más que quieran, no pueden dejar de ser grandes; esto es algo que ellos no saben y que ignoran, pasando por alto lo elemental: para ser invisible no basta con no tener éxito, es necesario no merecerlo.

 

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