Chuck Berry: El papá del Rock n’ Roll

 

Quizás en la historia de la música popular no exista un riff tan incisivo y memorable como el que se desprende de las primeras notas de Johnny B. Goode, la más célebre referencia musical de una estrepitosa época que envuelta en nostalgias, hoy se niega a desaparecer: La era del rock and roll. Esta época que estuvo marcada por la protesta y el rechazo a la antiséptica música del Tim Pan Alley -música popular norteamericana que se escuchaba en las algodoneras del sur-, tenía la pasión y el ímpetu adolescente, pero no sería auténtica hasta que la figura de Chuck Berry apareciera para que esta adquiriera un lenguaje propio.

Con el carácter arrollador que siempre le caracterizó, este músico nacido en Saint Louis en 1926, desarrolló todo un idioma excitante y fresco que bajo los sutiles arreglos y las vibrantes notas del rhythm and blues, concretó un estilo subterráneo que terminó por transformar la puritana sociedad estadounidense de la posguerra y, posteriormente, contagiar al resto del mundo. Eran los años cincuenta y el sonido que brotaba de las notas de su guitarra, parecía venir de otro planeta. Era enérgico, sexual y moderno.

Berry

Si en el rock and roll, Elvis Presley es el rey y Bo Diddley su arquitecto, Chuck Berry fue su poeta. Pese a no tener el poder seductor de Little Richard, ni el endiablado ritmo de los dedos de Fats Domino en el piano, Chuck se alzó con todo el canon de esta época desde la guitarra eléctrica. Y es que a diferencia de muchos de sus coetáneos, Chuck componía y cantaba sus propias inspiraciones con una voz tan sutil y edulcorada que intentaba emular los colores de la de su ídolo de juventud, Nat King Cole.

La definición del rock and roll tiene un antes y un después de Maybellene. Esta grabación hecha el 21 de Mayo de 1955, es considerada el mito fundacional de la revolución musical de Chuck Berry así como la piedra angular para entender toda su obra. Aunque originalmente Maybellene es una adaptación de Ida Red, una popular melodía country, Chuck la grabó para los estudios de Chess Records junto al piano de Johnnie Johnson, las maracas de Jerome Green, el bajo de Jasper Thomas y el bajo de Willie Dixon. Es aquí donde comienza su éxito como músico, como el paradójico artista que al no saber escribir ni leer correctamente una partitura, sin embargo, con su guitarra se comunicó como nadie.

Sus composiciones, plagadas de chicas, autos y carreteras, se imprimieron en la música popular a finales de los años cincuenta como finas estampillas sociales llenas de ritmo que nutrieron su universo lírico. Estas letras, que hablaban desde la ruptura clasista en la música en Roll Over Beethoven (1956), hasta la rutina escolar en School Days (1957) y Rock And Roll Music (1957), desde el cuerpo que descubre la pubertad en Sweet Little Sixteen (1958) hasta del día de pago y de los devaneos juveniles en No Particular Place To Go (1964), establecieron rasgos de esa comedia humana que haría parte de esa mitología llamada rock and roll.

La picardía propia y los dobles sentidos del blues acabaron de cocinar junto con Chuck Berry una receta lírica irresistible que alimentaría al rock en su gestación y nacimiento futuro. Siempre acompañado de su célebre duckwalk, que usaría en Nueva York en 1956 para ocultar las arrugas de su pantalón, Chuck encendió la mecha para la fantástica explosión musical del medio siglo siguiente. Y es que seguramente sin Berry, la música hubiera sido menos fantasiosa, más tímida y menos segura de su poder transformador. Los grupos musicales de los sesentas, en América como en Europa, definieron su sonido a partir del riff de su guitarra.

En las décadas siguientes y gracias a sus atrevidos y melodiosos riffs, alcanzó la admiración de otras grandes figuras de la música como Bob Dylan, John Lennon, y Bruce Springsteeen, una importante referencia compositiva en las letras de George Harrison, AC/DC y Led Zeppelin así como también, la inspiración en las versiones de sus letras que grabarían The Beatles y Rolling Stones en sus inicios, además de decenas de artistas que, hasta nuestros días, aun cuando el mundo llora su triste partida, todavía intentan encontrar un himno tan irrepetible y lleno de futuro pese a que representa una época ya extinta, como Johnny B. Goode.

Hoy homenajeemos al auténtico Padre del Rock, ese mismo hombre que vivía peligrosamente, que conoció la cárcel en más de una ocasión… ¡y sobrevivió!

Del machismo, la censura y otros demonios…

Por estos días, Cuatro Babys, el más reciente lanzamiento del cantante Maluma en colaboración con Noriel, Bryant Myers y Juhn All Star, artistas de la escena urbana, ha sido objeto de indignación en redes sociales donde la disputa entre los que están en favor y en contra, gira en torno a lo explícito de sus letras que atentan y denigran contra la mujer, donde se habla de ellas como un objeto de deseo sexual. Pero el problema en sí no es Maluma, ni la canción, ni los que la escuchan, la bailan o la defienden; el problema es el machismo y la cultura que nos envuelve. Y es que el reggaetón ha gozado siempre de una fama inconfundible; letras burdas, obscenas, sugestivas y ordinarias son su columna vertebral, pero sobre todo si tiene en ellas contenido sexual y hay una mujer de por medio.

Lo demás ya es ritmo y sonido que ha conquistado discotecas y mentes de viejas y nuevas generaciones. Pero como todo, no falta quien se santigüe y se sonroje con letras como Mala conducta o Wow bellaquita. Lo cierto es que con toda esta controversia, la palabra ‘misógino’ se está usando muy a la ligera y como si fuera poco, aquí ningún género musical se salva. Señalar que el reggaetón es un género musical machista es una obviedad, pero no tanto si se trata de hacerlo ver más especial que los demás. Por eso, he traído unas joyitas para ejemplificar este caso que, sin intentar justificarse sobre lo que hoy se toma las redes, hacen parte de nuestra cultura y que sin altivez, forman parte de nuestra idiosincrasia.

En primer lugar, traigo Amablemente, una paradójica y triste milonga de la autoría de Iván Díez, periodista y poeta argentino, popularizada en la voz de Edmundo Rivero. Y es que sin ser sorpresa, el tango no sería hoy lo que es sin el machismo perfumado en él:

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El mundo de la ranchera también en sus letras, ha tenido la dura presencia del charro mexicano que se ve engañado, traicionado por mujeres y que como si fuera una solución única, decide asesinarlas sin dejar rastro, así como inundar sus venas en licor para olvidar el desengaño. José Alfredo Jiménez con Sonaron cuatro balazos, composición suya de cuando apenas era un adolescente y que grabó en 1963, es prueba de ello:

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También, el recién fallecido Divo de Juárez, tampoco se hizo esperar, pues entre sus letras existen algunos versos que representan crudamente el dolor de una traición de amor, donde la venganza y la humillación de la mujer son el aliciente que puede curar a un hombre en su perfidia. En 1983, Juan Gabriel lanza su álbum ‘Todo’, donde incluye el clásico La farsante:

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Uno de los géneros musicales más populares y bohemios en nuestro país, ha tenido figuras destacables como el Caballero Gaucho, Tito Cortés, Gabriel Raymond y el inolvidable Alci Acosta. La temática de sus letras, sin ser indiferente a géneros hermanos como el tango o la ranchera, hace una elegía hacia la violencia contra la mujer. Éste último, grabó en 1972, La cárcel de Sing Sing, que también fue popularizada en otras voces como José Feliciano y Felipe Rodríguez, del que extraigo este particular verso:

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La salsa no podía faltar. Y es que hay unas joyitas que parecen no ser ciertas si de letras se tratara, que con tan solo leerlas, les quita toda la sabrosura y la gozadera que trae consigo desde el Caribe. Ismael Miranda, Héctor Lavoe, Ismael Rivera e incluso, La Sonora Matancera hacen parte del catálogo de letras que tienen un lenguaje violento más allá de la sandunga:

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¿Sorprendidos?, eso no es nada. Es que ni el chucu chucu que llega a fin de año y nos recuerda que estamos en diciembre, se escapa de las letras que en medio de la sorna y el doble sentido toma la mujer como inspiración para hacer de las suyas y quién mejor que el rey de diciembre, Guillermo Buitrago para recordárnoslo:

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El vallenato, que constituye el arquetipo del folklore y del género musical por excelencia de nuestro país, ha tenido una hegemonía machista bastante singular. Mientras una generación de juglares se dedicó a conquistar las mujeres costeñas con sus sones, paseos y merengues, esta última no aprendió muy bien dicha lección. O al menos eso es lo que prueban estos reconocidos versos vallenatos:

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Y si nos seguimos paseando por el Caribe, llegaremos a República Dominicana, tierra del sol, mujeres bellas, paisajes hermosos y cuna del merengue, la bachata y los sonidos cibaeños. El primero de estos, ha perdido vigor y fuerza en los últimos años, tanto al punto que amenaza con desaparecer de la escena musical, luego de su época de oro con la que todos vibramos al compás de las locuras de Wilfrido Vargas, Cuco Valoy o Los Hermanos Rosario. Pero no todo es como lo pintan en esta isla paradisíaca, pues los altos niveles de machismo y de casos de violencia a la mujer contrastan con la belleza de sus playas.

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Versos como el anterior, retratan la negra realidad que tiene República Dominicana, país de origen, tránsito y destino para el tráfico de personas, en especial, mujeres y víctimas de trata. Es penosamente, el tercer país en el mundo con estos altos índices. No obstante, sin pasar por alto ni desconocer el auge que ha tomado la bachata en los últimos años, traje esta joya que se baila en discotecas y que en ocasiones, su letra pasa por desapercibida:

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Sin embargo, no todo lo obsceno, machista y misógino retrata la cultura musical del Caribe ni de Latinoamérica, pues si echamos un vistazo al mundo anglo, también encontramos joyas como estas que, penosamente, retratan una violencia en medio de grandes voces como John Lennon junto a The Beatles y Adam Levine junto a Maroon 5: Gettin Better, una composición de Paul McCartney escrita para el álbum ‘Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band’ de 1967:

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En 2014, la banda norteamericana Maroon 5 publica ‘V’, su quinto trabajo musical, del que destaca su sencillo Animals, compuesto por Adam Levine junto al rapero Benny Blanco y Shellback, productor del álbum. El éxito de Animals fue arrollador, alcanzando los primeros lugares en los charts de Billboard para ese año. ¿Y la letra?, juzguen ustedes:

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Para terminar con estas joyitas de la música, se destacan dos piezas que pierden toda censura, y explícitamente hicieron escándalo y provocación en su tiempo y que, para bandas como Rammstein, les nutre en popularidad y demarca su estética como agrupación. En 2005, la banda alemana lanzó el trabajo titulado ‘Rosenrot’, donde incluye su única canción en español, Te quiero puta:

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Cerramos esta nota con la banda de rock mexicana Molotov, que se conformó a mediados de 1995 y que finalmente logró fama internacional en 1997 con su primer álbum ‘¿Dónde jugarán las niñas?’, producido por el reconocido Gustavo Santaolalla del que se extrae esta perla, opinen ustedes:

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Con todo lo anterior, sorprende la prepotencia y la ínfula intelectual con que detractores del tema dicen hablar con propiedad y con la moral necesaria para hacerlo. Pero me pregunto, ¿con qué autoridad intelectual o académica alguien puede atreverse a criticar todo lo que no le parece?, cuando bien sabemos que todos somos producto de una infinidad de modas absurdas que imperaron en su tiempo y que hoy siguen a la vanguardia con una enorme cantidad de basura de consumo.

Lo cierto aquí es que vivimos en un mundo de constantes miedos, inundado de una sensación psicótica de pretender callarlo todo, ser políticamente correcto y perseguir como si se tratara de una cacería de brujas, todo lo que no le gusta, lo que le indigna y como si fuera poco, tomarse el derecho de censurarlo. Sin apelaciones al sentir populista, es válido aclarar que la música no educa a los hijos de nadie, ni nos educó a nosotros. Quienes educan son las escuelas, colegios, universidades. La música no educa, pero cumple con su antiquísima función: entretener y comunicar, porque es el lenguaje que se envuelve en la idiosincrasia y la cultura de los pueblos, cuales quiera que fueran.

Nina Simone: La otra mujer

La música por esencia, como todas las artes, es ese lenguaje catalizador de emociones que se convierte en esa voz de colores que sin tener más que palabras, toman su melodía para transformar la historia. Esta fue Nina Simone. Brillante, revolucionaria, mujer y negra. Cuatro adjetivos que hicieron de ella la que fue. Se llamó así para esconderse de su madre y por adorar a Simone Signoret. Se convirtió en el ritmo, la melodía y la voz que junto con los condenados de la tierra envueltos en su opresión, un día dijeron basta. Esta fascinación por la historia de la mujer tras la estrella, tras la ídolo de masas, aquella que compartía una experiencia musical  con el público  pero se iba a casa con una profunda soledad, es única.

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La expresión de Nina Simone era única. Siempre, sentada frente al piano era envuelta en una seriedad intimidatoria. Su oscura belleza física se escapaba de las proporciones áureas: tenía nariz ancha, ojos tristes y una boca grande que exhalaba una voz que, como madera noble, resonaba profunda y felina entre cotilleos de desengaños y de fe. Una voz que como pocas, guardó en su registro contralto el desgarro áspero e intenso con el que todas las emociones se pudieran dar cita bajo el conjuro de su extraña magia. La perfección cruda y palpitante del talento de Nina le valió reconocerse prontamente como la sacerdotisa del Soul, etiqueta que a su pesar, nunca le pareció.

Siendo la sexta de ocho hermanos, Eunice –que era su verdadero nombre- nació en 1933 en el seno de un hogar profundamente religioso de Tyron (Carolina del Norte) lejos de la ciudad. Siguiendo los pasos de sus padres, que eran predicadores, su brillante talento no tardó en brotar a muy temprana edad: tenía tres años cuando tocó  God Be With You Till We Meet Again en el órgano de su casa; lo aprendió de memoria. Luego, en tiempos del Jim Crow y con tan solo diez años, debutó en un recital, pero cuando intentaron prohibir a sus padres sentarse en primera fila por ser negros ella se negó a tocar, por lo que los blancos y pálidos organizadores tuvieron que ceder.

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Fue ahí y siendo apenas una niña que Eunice soñó con convertirse en la primera concertista de música clásica negra de su país. Pero la historia le reservaba otro lugar más trascendental, uno que no imaginaba. Aplicó para una beca en el Instituto Curtis, el cual la rechazó por su color de piel. Más tarde, la Escuela Julliard la admitió pero allí no pudo costear sus estudios por mucho tiempo, así que en lugar de seguir su formación en música clásica, empezó a tocar música en un café irlandés de Atlantic City.  Fue allí donde nació, sin más preámbulos, una de las voces femeninas más importantes del siglo XX, que poco tardó en crear su seudónimo, mismo con el que alcanzó la fama.

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Mississipi Goddam

Eran los años cincuenta y los días que atravesaba la comunidad negra se volvieron más ácidos y convulsos al punto que hicieron que su rumbo fuera otro y cambiara sus sueños al convertirse en el melódico lenguaje de la vorágine revolucionaria y ardiente que se estaba despertando en los guetos. Nina era toda una luchadora. Aunque su carrera empezó desde abajo y se vio rodeada de tropiezos con otros músicos, su éxito comercial llegó de la mano de Andrew Stroud, un sargento de policía que renunció a su trabajo por convertirse en manager, además de su marido. Su versión de I Love You Porgy, ópera prima de George Gershwin la llevó al éxito y rápidamente, su camaleónica e intrépida voz inundó las estaciones de radio y comenzó a ser conocida a nivel nacional.

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La nube de humo de su vida que agobiaban los periódicos y el bombardeo de 1963 a la iglesia de Birmingham (Alabama) a manos del Ku Klux Klan, en el que murieron cuatro niños negros, Denise McNair, Addie Mae Collins, Cynthia Wesley y Carole Robertson, cambió su vida para siempre, como lo hizo para muchos norteamericanos negros. Durante la marcha de Selma a Montgomery, interpreta ‘Mississippi Goddam’, la legendaria canción con la que miles de negros marcharon defendiendo su derecho al voto. Componerla le tomó una hora, pero mientras Nina escribía canción tras canción acerca de la experiencia de ser negro en América, Stroud veía sus canciones como un obstáculo para continuar con el éxito.

El hecho de atreverse a decir lo que los demás temían, tuvo repercusiones negativas en su vida personal y en su desempeño como artista, puesto que las estaciones de radio, cadenas de televisión  y grandes disqueras le cerraron las puertas por temor a que sus canciones revolucionarias desataran disturbios y protestas. Pese que su lucha no duró mucho, sintió una profunda desilusión además de desequilibrios sumados a su inestable emocionalidad. Huyó de los Estados Unidos al Caribe; más tarde, atraída por el país de sus ancestros viajó a Liberia, luego pasó por Suiza y finalmente se radicó en Francia. Allí, con un aspecto de indigencia, fue encontrada divagando en el hall de un hotel desnuda, empuñando un cuchillo. Sobrevinieron días oscuros para Nina.

MUSIQUE

Intenta volver a los escenarios, donde su semblante ahora está mucho más serio, en una mezcla de solemnidad y confusión, con los ojos perdidos y emocionados. Lanzando una intensa mirada al público que dura algunos segundos –que parecen eternos- se gira algo desorientada para sentarse en la banqueta del piano lista para comenzar a cantar esas melodías que le valieron la gloria consumida por el infierno de su realidad. Así fuera la pionera o la cultivadora del infierno, Nina Simone fue habitada por ambas mujeres, a menudo y al mismo tiempo. Ella fue sin duda, una mujer única en los tiempos cuando era difícil serlo aún por encima de tener el color de la noche sobre su piel.

Para ella, su propia negrura siempre fue saturada e inevitable. No sólo es Nina Simone, es un ícono cultural, una estela musical que perdura en la memoria y el legado de una lucha que aún no termina, lucha con la que pavimentó el camino para miles de mujeres y afroamericanos demostrando que pueden ser brillantes aun siendo imperfectos a los ojos de los demás.

Cortázar y el Jazz: Breves improvisaciones literarias

Julio Cortázar contó con una suerte de la que pocos escritores tuvieron fortuna: Vivir en el París de los años cincuenta y sesenta, donde los tiempos de la posguerra amenazaban fuertemente con exterminar los genios del blues que huían de América y se exiliaban en Europa. Para ese entonces, el jazz estaba más vivo que nunca y su sonido rugía entre los clubes nocturnos de la orilla izquierda del Sena. Por desgracia allí el jazz, así como el rock and roll, no gozaba de mucha acogida fuera dentro de ciertos círculos sociales particulares, en especial de los melómanos y de los jóvenes que se dejaban seducir por el jive americano que desembocaba en el chasquido sonoro de sus dedos.

No obstante, pese a que llegó a Francia en tiempos donde el bebop había evolucionado a nuevos campos que hacían del jazz una traducción más libre, intuitiva y transgresora, el arquetipo vividor y melómano propio de sus personajes seguía siendo el mismo purista que escuchaba los grandes maestros de la primera generación del Mississippi: Fats Waller, Charles Mingus y Bix Beiderbecke eran los discos predilectos con que Horacio Oliveira y sus amigos se reunían mientras sonaban en el tocadiscos del mítico Club de la Serpiente. Fue en París donde su estilo literario se familiarizó fuertemente con el jive, tanto que se alejó de una composición temática estructural para dejarse llevar por la improvisación y la búsqueda de una voz interior que intentaba evitar el discurso preestablecido para así otorgarle protagonismo a los estados mentales.

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Pero el Jazz en Cortázar aparece en muchas otras páginas, inclusive fuera de Rayuela, su obra cumbre, porque si de jazz y música se trataba, él era un virtuoso y apasionado escritor de artículos, entre los que se destaca ‘La Vuelta al piano de Thelonius Monk’, a propósito de un concierto al que asistió en Ginebra, en marzo de 1966. En este, esbozó uno a uno el conjunto de emociones que le provocaron estar allí esa noche escuchando el deleite mágico y resbaladizo de los dedos de Charles Rouse sobre el saxo acompañado por el cuarteto de Monk.

Sin lugar a dudas, uno de los grandes relatos de Cortázar es ‘El Perseguidor’, donde Johnny Carter, encarna el genio de un saxofonista sumido en su adicción a las drogas, siendo trasunto evidente de Charlie Parker, a quien está dedicado el relato. Y hay más, por supuesto. En ‘Un tal Lucas’, el que quizás sea su más vívido y creíble autorretrato, manifiesta Cortázar que a la hora de su muerte quisiera oír solamente dos cosas: El último quinteto de Mozart y el solo de piano de I Ain’t Got Nobody en los resbaladizos dedos de Earl ‘Fatha’ Hines.

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Cortázar sentía una devoción por el jazz porque para él era una música que permitía todas las imaginaciones posibles. Y así fue. Lo llevó a la literatura y Rayuela es el mejor ejemplo de ello, llenándola de imágenes y sonidos de jazz, haciéndola un impresionante Jam Session en solitario, una espiral de Free Jazz plasmado en palabras, donde el argumento es sólo un pretexto que utiliza Cortázar para improvisar, para ir recreando y cambiando de escala y si le apetece, insertando notas disonantes. Y es que siempre habrá quienes dicen que Rayuela es una novela laberíntica, incompresible y hasta ilegible, una que no tiene sentido y que no atrapa, una que ha sido manoseada por mórbidos lectores que se han sabido perder en ella sin encontrarle sentido.

Pero se sucumbe una enorme responsabilidad al defenderla, porque en ella se ve poesía y libertad de un pensamiento errático, que por momentos se torna desenfadado; en últimas, no querer verlo es como no saber desviarse del camino que ha sido trazado o como perderse en un riff de piano o un solo de saxo. En últimas, Cortázar fue un escritor libre que descubrió la improvisación como su arma creativa, que buscó la libertad como una necesidad, que amó el jazz, a eso que alude, que soslaya y hasta anticipa, porque tenía una devoción clara al momento de exclamar ‘swing, luego existo’.

 

'Cumbia Sampuesana', LP K-871 - Registro 0348, 1953 (Discos Fuentes)

Cumbia, poder y porro: ‘La Sampuesana’

Sampuesanas ha habido muchas, de ella se han hecho miles pero ninguna como la de Joaco. Y es que para comprender la magia y el encanto de esta melodía, es necesario entender antes al genio detrás del hombre que una tarde cayó bajo el embrujo de las luciérnagas y que con su vuelo le marcaron las primeras notas de la que es hoy, su obra maestra. Relatar la historia del ‘viejo Joaco Betín’ no es tarea fácil. Poco o nada se sabe de él en los libros de la antología popular, salvo que nació en Octubre de 1920 en Sampués, pueblo cercano al litoral caribe.

Joaquín creció escuchando los sonidos del clarinete de Gregorio y Pedro, sus dos hermanos mayores, y desde entonces ya desarrollaba una terrible admiración por la música de su tierra costeña. Paradójicamente, nunca se interesó por aprender a tocar lo que sus hermanos le inculcaron y que en medio de su desdén sabían interpretar desde niños para pasar las tardes. Su temprana pasión por el acordeón comenzó cuando apenas tenía diez años de edad y lo escuchó por primera vez en ‘El Blumén’, un famoso estadero que se encontraba detrás de la Iglesia de Sampués. Era Heriberto Villamil quien lo hacía sonar.

Desde aquél entonces y como pudo, decidió aprender a tocar ese raro instrumento por sí mismo. Nunca ingresó en los salones de una escuela y ante la pobreza que siempre le rodeó en su juventud, siempre le fue imposible tener un acordeón. A los diecisiete, Joaco emprendió un viaje a Medellín a probar suerte, pero regresó dos años después trayendo como encargo los sufrimientos y desilusiones del camino y los rezagos de un fuerte paludismo. Sin embargo, su vida tenía una alternativa sembrada en la música, asunto que multiplicó con su conjunto de acordeón, bombo, caja y maracas.

Cuentan sus nietos en medio de la nostalgia que Ricardo Dajud, un hombre hacendado muy cercano a la familia Betín, le prestó veinticinco pesos. Así entonces, José Joaquín compraría el que sería su primer acordeón y con el que compondría cientos de notas; en las tardes y en las noches se rebuscaba sus pesos tocando al aire libre en un sitio de amor de primera mano que se hallaba en la casa de Ana Perfecta Galván en el corregimiento de Peralonso, a las afueras de Sampués. Tocaba notas de acordeón y de paso mostraba sus dotes en el dominio de su instrumento por cinco centavos; por esas casualidades de la vida, en estos alrededores nació en 1952 la obra musical que le mostró la gloria.

Era una tarde oscura y marcada por grises nubarrones, de esas tardes raras de Sampués; la casa de Ana Perfecta Galván, el sitio preferido de descanso de los arrieros del pueblo, estaba cerrada, se hallaba desierta. Ni un alma deambulaba por ahí. A Joaco le cogió la noche en ese paraje, y entrada la oscuridad no tuvo más compañía que la de su acordeón, así que decidió sentarse en el corredor que estaba frente al paraje y quedarse allí. Frente a él, en un bello ritual amoroso, las luciérnagas y los cocuyos se encendían y apagaban, una y otra vez. Curioso frente a lo que sus ojos veían, tomó su instrumento y al ritmo del titilar de las luciérnagas, comenzó a imitarlas. Esa noche nació la Cumbia Sampuesana.

Esta obra musical fue adquirida y grabada por primera vez por el Conjunto Típico Vallenato en los estudios de Discos Fuentes en 1953. ‘La Sampuesana’ nació sin letra, nació como obra meramente instrumental pero en 1954, Nacho Paredes y Alfredo Gutiérrez, mismo que le enseñara en su juventud a tocar el acordeón, le agregaron la palabra y el verso. Desde entonces, los años se encargaron de darle trascendencia e importancia a esta inspiración que entre luciérnagas se gestó a las afueras de Peralonso.

pueblo, canto esperanza

Poster publicitario de ‘Pueblo, Canto y Esperanza’; 1956. México.

Esta obra maestra del folclor se internacionalizó por primera vez en 1956, en una película extranjera llamada ‘Pueblo, Canto y Esperanza’. Fue en México, allí mismo donde se grabó la cinta que estuvo dirigida por Alfredo Crevenna, Rogelio González y Julián Soler, donde los acordes de ‘La Sampuesana’ se juntaron con el celuloide. Años más tarde, se escuchó en la Academia Sueca el 21 Octubre de 1982, mismo día en que Gabriel García Márquez fue laureado con el Premio Nobel de Literatura; Emiliano Zuleta estuvo a cargo de la ejecución de los acordes de la cumbia vallenata.

Indiscutiblemente la obra maestra de José Joaquín Betín Martínez dividió en dos la historia de la cumbia. Antes de su creación, la cumbia era una música de la “gentecita del montón, que se bailaba en establecimientos de mala muerte, en los parajes de tierra caliente”, así relataba el diario El Tiempo para los años cincuenta. Pero las cosas cambiaron para ella después de que el ‘Viejo Joaco’ se imaginara esa melodía.

Desde ese entonces son pocos los colombianos que asumen una pose indiferente cuando escuchan ese fulminante repiquetear de la tambora seguida de la guacharaca que le abre camino a la endiablada melodía del acordeón del maestro Betín, cuyas notas podrían sonar a los oídos de Jorge Luis Borges tan pueriles, como los versos de “la deplorable rumba ‘El manisero’ ”. Hoy, el maestro Joaquín Betín, la sigue considerando como una bendición de Dios que le refresca el alma.

Redactado por:
Jonathan Le Bouffartique.

Demis Roussos: El Eterno Romántico del Mediterráneo

La historia de Demis Roussos siempre fue una constante reinvención. Nació en las costas de Alejandría en 1946 y muy pronto aquél frenético chico exhibiría sus fabulosos poderes interpretativos frente al coro de una iglesia ortodoxa que quedó totalmente fascinado. Tras la invasión británica y francesa en el Canal del Suez en 1956, la familia de Artemios Ventouris, su nombre de pila, dejó el puerto y se embarcó rumbo a Grecia. Allí, Demis quién apenas era un adolescente sufrió de la fiebre pop del mediterráneo y descubrió como sus cuerdas vocales se hacían más predilectas. Supo entonces lo que sería de su suerte en adelante: Cantar. Desde muy joven tuvo que ayudar al sostenimiento de su familia y de sus estudios en la Universidad de Atenas trabajando como músico en un cabaret. Allí tocaba la trompeta, el piano y la guitarra, instrumentos que había aprendido en su época escolar.

Como fue creciendo, a mediados de la década de los sesenta hace parte de dos bandas experimentales de pop, The Idols y We Five, bandas con las que interpretaba las más famosas canciones de la escena musical europea de aquél entonces. Luego, alterna con la banda juvenil The Forminx, que seguía la estela musical de The Beatles. Allí, conoce al tecladista Evangelos Papathanassiou, que más tarde se daría a conocer como Vangelis. Las grandes virtudes del alto y delgado sonido tenor de Demis junto con los experimentos de Vangelis no serían prósperos en la dictadura de los Coroneles en Grecia que ni siquiera gustaba de las largas melenas masculinas, símbolos de la moda psicodélica.

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Entonces juntos emigraron a Londres pero, siendo rechazados se radicaron en Francia, y allí junto a la percusión de Loukas Sideras y la guitarra de Anargyros Koulouris, nace Aphrodite’s Child. Su primer éxito vendría luego de la firma con Mercury Records para prensar “Rain and Tears”, una hermosa adaptación en Re menor del Canon de Johann Pachelbel. El éxito rotundo de la banda de rock progresivo vendría en 1972, justo en el período de decadencia del grupo, con el álbum doble “666”, grabado en París dos años atrás y que contó con la participación de la actriz Irene Papas.

El álbum “666” se convirtió en un trabajo muy adelantado para su época donde la música contenida fue un extraordinario despliegue de las virtudes de Vangelis al combinar el rock psicodélico y progresivo con algunos instrumentos étnicos y cantos corales, además de utilizar los más avanzados sintetizadores y teclados de la época. Demis se distanció finalmente por diferencias creativas y musicales con Vangelis; mientras éste quiere aplicar sus talentos en la exploración del sonido de los teclados, Roussos quiere explorar más a fondo el folklore de Grecia y fusionarlo en la escena pop de Europa.

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A comienzos de los años setenta, reconfigura su fórmula músical y lanza sencillos como “My Reason”, “Goodbye My Love, Goodbye”, “Forever And Ever” y “My Fascination”, que rápidamente se convirtieron en éxitos radiales y lo convirtieron en una estrella pop en todo el continente. Para mediados de 1975, Roussos y su casa discográfica, Phonogram, intuyeron que había una gran demanda de europop por lo que copiosamente empezaron a producir año tras año, trabajos discográficos en diferentes lenguas, incluyendo el alemán, el francés y el español. Algo similar a esto pensaba la entonces recién conformada banda pop sueca, ABBA.

Vangelis y Demis Roussos trabajarían en 1981 y en 1982 para realizar las bandas sonoras de las películas “Chariots Of Fire” y “Blade Runner”. Llegados los años ochenta, se vuelve centro de atención por sus graves problemas de sobrepeso. La imagen de Demis se había convertido en noticia; era ahora un hombre hirsuto y sonriente, toda una leyenda de 150 kilos envuelta por un caftán oscuro y flotante que le confeccionaba su madre. Luego de superar sus problemas médicos y pasar por una dieta con exitosos resultados, publicaría sus crónicas en dos libros, coincidiendo el final de la década con un paulatino descenso de popularidad acompañado de varios episodios de depresión.

En vísperas de su cumpleaños número 39, era pasajero del vuelo TWA 847, que fue secuestrado y del cual queda como anécdota la celebración de su onomástico por parte de los líderes de Hezbollah, quienes le trajeron un pastel y le pidieron que les cantara algunas de sus canciones para luego ponerlo en libertad  junto con su novia Pamela Smith, una norteamericana y Targon Tsitis, de 18 años de edad. El origen de Roussos le salvaron de permanecer retenido junto con los otros 40 rehenes norteamericanos del vuelo. En sus últimas dos décadas trabajó mucho en diversas campañas de los países emergentes y de tercer mundo.

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Su pasión por la fusión y el folklore de las culturas del mundo lo llevaron a probar de los caprichos y las partituras clásicas así como de otros aires que el romántico hijo de afrodita refrescó con su voz. Grabó inclusive un fragmento del famoso “Concierto de Aranjuez” de Joaquín Rodrigo e hizo adaptaciones de las letras de Baudelaire en sus discos y otras diversas obras de la cultura francesa. Para 2010 realiza varias giras en las que ya va totalmente desprendido de sus famosas túnicas multicolores y de brillantes lentejuelas con las que cautivó en décadas pasadas para entonces convertirse en su esencia vital en el rockero que siempre había sido desde que inició su carrera musical.

Su última condecoración fue en 2013 cuando fue laureado en Francia con la Legión de Honor. El eterno romántico que se hizo leyenda y siempre quiso recordar la vida en sonidos falleció en la madrugada del 24 de enero a los 68 años, dejando un inmenso legado musical en el que no se respira la brisa marina de las costas del Mediterráneo sino hasta los fortuitos viajes en el tiempo a lugares lejanos, descubriendo la maravilla perceptible solamente a través de la música.